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- SAL Y AZÚCAR -

DAME CALOR

DAME CALOR

Dame calor, gritaba la camiseta del mendigo que tocaba con afán su acordeón en el metro. Y no podía no mirar hacia ella, mientras ciertos objetos brillaban y a su vez se sentían culpables; tanto los objetos como las conciencias que sabían que ya no podían ser tocadas -ni removidas- al ver que este ser cambiaba de vagón en busca de algo para comer.

Me sentía horrbilemente feliz por dos motivos, por poseer algo tan fatuo y tan imbécil al mismo tiempo, que todo lo demás me daba igual. Sabía, a su vez, que había recuperado algo con todos sus utensilios dentro, y tal vez su valor estético exterior -y por ende, económico- prevalecía sobre aquél interior. Tanto después se podría rellenar de nuevo, no sin antes haber rellenado unos cuantos formularios, amén de hacer perder tiempo a alguien o quizá perderlo tú mismo, también.

Volvía a sentarme en esos asientos que tanto había echado de menos, volvía a sentir prisa por coger un medio de transporte que en mi ciudad de provincias no existe, o incluso sabía que podía ser mío -o mía- cualquier cosa que se me pusiese por delante, bastaba sólo intentarlo para poder sentir una vez más el laurel y la miel. Sentir las estrellas casi con las puntas de los dedos... demasiado bonito para ser real. Sabía qué era, una vez más, adentrarme en ese barrio pijo que me ha modelado y me ha cambiado, aunque no forme parte de ese paisaje he sabido conjugarme con él. Mientras a su vez personas que no son ni serán de este mundo me rodean y me invaden con sus conversaciones aburridas.

Supe lo que era pensar, y volver a exprimir el cerebro en búsqueda de ideas nuevas, de otras tantas que permanecieron olvidadas en lo más recóndito de tu ser. Y saber que se puede hacer, a pesar de que ese primer día -ya no tanto, en fin- después de unas vacaciones merecidas, no se hizo nada de especial. Te hiciste un homenaje a base de sabores que ya dabas por olvidados, otros ya no debido a un susto que esperabas que no se volvería a repetir, total, ésto le pasa a todo el mundo. Pero de este agua no beberé, no señor.

Y volví, más tarde de lo habitual, mientras ropas nuevas se impregnaban de un reboce extraño y blando, que pisaron zonas que tal vez no merecían ser pisadas, pero que quisiste sentir una vez más en la planta de tus pies y de tu cuerpo completo. Olor a cosméticos un poco caros, mientras dialectos que te desagradan te retumban en tu cabeza, pero a la vez te hace gracia. ¿El qué? No lo sabes.

Dame calor, gritaba su camiseta, mientras tú mirabas a su mano polvorienta extendida hacia ti...

 

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