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- SAL Y AZÚCAR -

MUÉRDEME

MUÉRDEME

No se sabe cómo se conocieron. Sólo saben que el azar les colocó como dos actores que no estaban destinados a encontrarse, pero ella sabe que será uno más en su lista. En su lista de películas dirigidas de la que ella es la protagonista. Los actores cambian, van y vienen, y ella sonríe, al menos por fuera. Por dentro no, sabe que se siente mal a gusto. A pesar de que le hace mover los labios ese club de fans de una red social que responde al nombre de “He tenido más hombres dentro que el caballo de Troya”. Por eso, se encuentra una vez más frente a frente con alguien que no conoce y con el que sabe que acabará compartiendo algo más que conversación.

Su aspecto desaliñado no invita demasiado, pero tiene un “algo” que le atrae. Ella se encuentra en ese mismo preciso instante bailando como una posesa en la pista. Sus amigas están en la barra, ajenas a lo que posteriormente ocurrirá. Él se acerca a ella como una excusa tonta, como de costumbre, y le ofrece algo de beber. Ella ya lleva unas cuantas copas de más, pero no le importa. Él viene de fuera y ella se encuentra en terreno amigo, así que porqué no darle una oportunidad a este pobre chico.

Empiezan a hablar de gustos comunes, parodias y las risas contagian el ambiente. Pero de repente un olor, un algo, un nosequé, hace que él se acerque peligrosamente a ella. Ésta ya conoce las intenciones y se deja hacer, deja que las distancias se acorten. Y cierra los ojos. Sabor a naranja y a flores silvestres, pero de las que no se arrancan tan fácilmente. Pero su flor se abre y se entrega, como un pez que acaba de morder el anzuelo. Sus lenguas entran en juego y… vaya que si juegan. Los labios y la lengua dan paso a los mordiscos, y a ella le viene inevitablemente a la cabeza algo que dice “muérdeme, bella, hasta desangrarme”. Ella no piensa desangrarle, pero sí exprimir todo su jugo, hasta dejarle reducido como una uva pasa. Y a él parece que le gusta el juego.

Con esa parte corporal que te permite sonreír, comer, hablar y, por supuesto, besar… se entregan como si no hubiera un mañana. Porque las mismas personas que dicen que muerdas sin piedad, dicen que hagas un pacto porque mañana es domingo. ¡Qué casualidad! ¿No? Se encuentran entre la espada y la pared, y saben que todo ello será inevitable. Mañana, mañana, mañana, tratarán de entenderlo mientras todos duerman. Es una historia que llevarán a fuego durante toda su vida. Ambos lo saben muy, pero que muy bien.

Sobre todo ella, que canturrea una vez más: “¡Qué fácil la victoria!”. Con una sonrisa en los labios, eso sí…

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