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- SAL Y AZÚCAR -

OSITOS Y CAMPANILLAS

OSITOS Y CAMPANILLAS

De pequeña me encantaba dibujar ositos y campanillas. Los ositos eran a lo "Teddy Bear" y tenían su hociquito, su rictus pelín serio y sus pezuñitas. Las campanillas llevaban un badajo largo y se acompañaban de una cinta o lazo más bien larga.

Ello me lleva a enlazarlo con remordimientos, recuerdos más o menos agradables que una vez fueron míos y que me acompañarán siempre, serán como tatuajes que estarán siempre indelebles, en mí, aunque yo no lo quiera.

Recuerdo cuando me escapé para posteriormente volver, con ese enemigo, cruel y atroz, en un Martes de Carnaval. Daba igual que me buscases, porque yo no iba a aparecer. Pero diste conmigo y volví a ti, no como hijo pródigo sino como estúpida soberana, derrotada pero con el orgullo alto. Pero que rápidamente se bajó hasta la biosfera de lo ínfimo que fue.

Recuerdo cuando alguien me decía lo que no debía de hacer, porque esa persona era mejor que yo y que a ella nunca la dirían nada, mientras que a mí sí. Cambiaste y yo no, tú fuiste mayor y yo quedé niña, pero tal vez en éso radique la esencia que buscaba. Yo soy así, nunca cambiaré, decía una chica de pelo rojo no tan loca -cit.- pero que siempre me acompañó. Fuiste un lobo con piel de cordero, y me gustaría ahora despellejarte para posteriormente dejarte morir en las brasas que tú quisiste más de una vez verme arder.

Recuerdo cuando me dijiste adiós pero sin despedirte siquiera, fuiste dejando miguitas en el suelo pero que no dejaban rastro. Y te limpiaste las manos, cual Judas. No me besaste pero sí me traicionaste, mientras alguien dormía plácidamente y se lavaba las manos igual que tú. Todos, todos, todos; os lavásteis las manos para posteriormente mancharlas con mi sangre, si es que alguna vez llegué a derramarla. Por éso me comeréis y conoceréis lo más recóndito de mi ser: Un corazón que ya no sufre ni padece, sino que simplemente late por el mero hecho de seguir viviendo. Que tal vez sea lo único que merezca la pena: Vivir.

Quisiera olvidaros, pisotearos, maldeciros hasta que me aburra, pero ¿de qué valdría?.

No merecéis absolutamente nada, salvo mi odio y mi rencor. Porque sangro igual que escribo, porque escribo como sangro.

Y dejo una vez más correr el lápiz sobre el papel, para pintar ositos y campanillas.

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