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- SAL Y AZÚCAR -

MECAWENTÓ

MECAWENTÓ

Mecawentó, mecawentó.

Acordes que anuncian que el toro y el torero ya están en la plaza, dispuestos ambos dos para luchar y morir. Pero el toro es débil y alguien se encargará de cogerlo por los cuernos y asestarle cuatro banderillazos antes de que éste agonice. De nada sirve el haber ido de gala, de traje de luces, si luego te vas a manchar de sangre. Y a rebozarte de desilusiones y de fracasos.

El toro conoce la plaza, conoce el ruedo pese a su juventud imperante, y sabe que sangre y arena van siempre de la mano. Toro manso pero bravo, siente que de sus cuernos se harán colodras y similares, siente que de su carne se comerá. Y pisa la arena, que será su lecho de muerte. Nada más llegar, recibe la primera estacada sin avisar. No es mortífera, pero duele. Duele de narices, y empiezas a sentir una debilidad y un tembleque que no es normal.

El torero se conoce aún mejor la plaza, a veces la concede pero es él, son también ellos, quienes saldrán por la puerta grande, quien sabrá mejor que nunca el sabor del triunfo. El rey y el vasallo, el toro y el torero, de qué vale intentarlo si tal vez mueras antes. Ellos han sido toro en otra vida, pero no lo parece, ya que lo camuflan bajo trajes de luces que esconden sus heridas y sus cicatrices. De cuerpo y de alma.

Y es entonces cuando el torero se mueve con destreza, con agilidad, mientras que el toro recibe una, dos, tres... puñaladas mortíferas que significarán su muerte, su muerte en esa plaza que tal vez en otro momento le vio nacer, pero esta vez le verá morir. Sale muerto, con el rabo entre las piernas y con los cuernos bajos. Cielo y testuz, cara y cruz. Algo de vida se cuela por sus venas aún. Pero poco. Queda aún esperanza.

Que es lo último que se pierde... Indeciso

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